Concurso Interamericano
de Cuentos “Fundación Avon para la Mujer”
2006
Mención
El negro del bongó
Rosa Carolina Meneses Columbié
“Pero mi repique bronco,
pero mi profunda voz,
convoca al negro y al blanco,
que bailan el mismo son,
cueripardos o almiprietos
más de sangre que de sol,
pues quien por fuera no es noche,
por dentro ya oscureció.”
Fragmentos de “La canción del bongó”.
Nicolás Guillén.
El negro está sentado en un taburete en el centro
de la pista de baile con el gentío alrededor
y el bongó entre las piernas. Tamborilea un toque
breve. Deja las manos quietas sobre el instrumento y
levanta la cabeza con los ojos cerrados. Aspira profundo.
Sin abrir los ojos ni bajar la cabeza inicia un repique
lento. Los cuerpos siguen el ritmo que se acelera hasta
que el toque se interrumpe con un golpe de palmas contra
tambores. El gentío aplaude. El negro tiene la
espalda erguida, el cuello recto, la mirada fija, las
manos en las caderas. Se pone de pie, entrega el bongó
a un empleado del club y se va con la negra grande que
lo viene acompañando las tres últimas
semanas. La blanca sale del rincón en penumbra
desde donde suele observarlo sin ser vista y vuelve
al trabajo. Ya no se concentra. A una mesa lleva el
pedido de la otra. Un cliente se queja.
—Oye, chica —le dice el jefe que la ha seguido
hasta la cocina—, o te pones pa´ la cosa
o te vas. Siempre la misma jodienda contigo, carajo.
Cuando la blanca termina el turno, el novio la espera
en la calle.
Caminan tomados de la mano. Él le cuenta lo que
hizo en el día. Ella no lo escucha. Él
trata de besarla. Ella le aparta la cara y lo mira de
arriba abajo.
—Vete —le dice—, quiero estar sola.
—¿Qué?
—Que quiero estar sola —repite y se mira
las uñas de la mano derecha.
El novio da media vuelta, da algunos pasos, regresa
para enfrentarla.
—No se te ocurra llamarme más.
La blanca lo ignora y sigue el camino. En una semana
termina la vigencia de la autorización de trabajo
y se pregunta cuándo y dónde volverá
a ver al negro, ¿y si él no apareciera
por el club el próximo sábado?
—Mal ambiente —dijo el padre que miraba
el noticiero—, mala calaña, cafiches, putas.
No es lugar para una escolar. ¿Por qué
tiene que ser ahí?
Maldito sea su padre, viejo anacrónico, que no
entiende nada de nada.
—Ay papá, en una sola noche sirviendo mesas
en el club se gana lo de una semana empaquetando mercadería
en el supermercado.
—No me gusta. Te prefiero empaquetando en el supermercado
o limpiando autos en el estacionamiento. Al menos en
los supermercados hay gente decente, y la que no lo
es lo disimula.
—No exageres. La chica dejará el uniforme
este año, ya sabe cuidarse —dijo la madre
y firmó la autorización de trabajo que
le había llevado la hija, se la devolvió
y siguió planchando la ropa mientras miraba de
reojo las noticias de la tele.
— Un mes, nada más —concluyó
el padre.
La blanca no deja de vigilar la puerta
y el jefe no deja de vigilarla a ella. Cuando las miradas
de ambos se cruzan, él la apunta con el índice.
—Estúpido —murmura ella.
El negro llega y el gentío lo recibe con aplausos.
La blanca va al rincón y desde allí nota
que esta vez no viene acompañado. Saca medio
cuerpo de la penumbra, recorre con la vista el salón
y la detiene un momento en la puerta por si la negra
se quedó rezagada.
El negro bebe a sorbos pausados una medida de ron y
le escucha decir al barman algo que lo hace reír.
Cuando termina el trago se seca la boca con el dorso
de la mano, toma el bongó que le había
dejado sobre la barra uno de los empleados y camina
hacia el gentío que lo espera.
La blanca sale del rincón y se le va acercando
con pasitos lentos. La negra sigue sin aparecer.
—Oye, chica —dice el jefe que la agarra
por un brazo— ¿Adónde vas?
La blanca se le sacude.
—¡Ey, ey! —protesta el jefe.
Ella apura el paso. Se detiene frente al negro que ya
está tocando, con lo ojos cerrados como siempre.
Le mira las manos grandes que golpean el instrumento
y por entre la camisa abierta, la piel lampiña
y mojada del pecho. Le mira las fosas nasales dilatadas,
los labios tensos, los muslos largos que afirman los
bongós.
El negro levanta las manos, las sostiene un instante,
las deja caer. El toque cesa. En ese mismo momento la
blanca siente en el hombro el peso de otra mano. El
jefe le grita:
—¡Ea! Lárgate de aquí.
Ella trata de zafarse, pero la mano aprieta y la arrastra
hacia la salida. Tropieza con los pies de alguien y
cae de rodillas. La mano le agarra el brazo y de un
tirón la pone en pie. La blanca, que no aparta
la vista del piso, escucha carcajadas e imagina que
el negro también se divierte con la escena. El
jefe se detiene frente a la puerta y la abre. La blanca
recibe en la cara el golpe de brisa nocturna y en los
ojos que todavía no levanta, la visión
de unas piernas gruesas que terminan en un par de sandalias
rojas de taco aguja. La negra entra agitada. Para dejarle
el paso libre el jefe se hace a un lado arrastrando
a la blanca con él. Luego se apoya en el marco
de la puerta, toma aire y la arroja a la calle.
Mientras trastabilla para no caer retumba el portazo
a sus espaldas.
Llora en silencio junto a la puerta y espera. Calcula
que la pareja no tardará en salir. Aprieta los
puños. Tiembla.
La puerta se abre y aparece en el umbral el negro con
la negra a sus espaldas. La blanca no se quita y el
negro le pregunta:
—¿Qué pasa, blanquita?
La negra se adelanta y con una mano corre al negro para
atrás. La blanca deja de temblar, aprieta más
los puños, tensa el cuerpo.
—¡Largo! —le dice la negra con voz
ronca.
Es una mujerona de carnes firmes y abundantes. La blanca
la observa desde varios centímetros más
abajo y escucha la risa burlona del negro.
—He dicho que te largues, blanca sucia.
La blanca entrecierra los ojos y ya no mide la altura
de la otra, sólo tiene ante sí a una mujer
vieja y usada a la que agarra por el cuello de un salto.
Caen al piso, ruedan desde la entrada hasta la vereda
y de ahí a la calle, cada una aferrada al pelo
de la otra, gruñendo.
—¡Pelea, pelea! —anuncia el negro
en tono de fiesta y vuelve a entrar.
Por entre los dedos que le arañan la cara, la
blanca ve al gentío que sale del club con el
negro a la cabeza.
El gentío aplaude y azuza.
Algunas voces que se alzan para repetir apuesten, apuesten
son apagadas por un coro que grita pelea en serio, pelea
de verdad, pelea en serio, pelea de verdad.
Suena el bongó. El negro lo toca al interior
del corro. Plácata-placápata-pla-cá,
plácata-placápata-pla-cá. Aquí
la negra monta a la blanca, allá la blanca monta
a la negra. Alza una palma el negro, desciende la otra.
Arriba la negra, abajo la blanca. Pelea en serio, pelea
de verdad. El gentío baila. Plácata-placápata-pla-cá,
plácata-placápata-pla-cá. Caen
las palmas.
El gentío quieto contempla embelesado a la blanca
que a horcajadas sobre la negra le azota la cabeza contra
el pavimento.
Amanece. En la calle no se escucha más que el
sonido de los golpes de las manos de la blanca sobre
el cuerpo inerte de la negra que aún se movía
cuando los que apostaron por la blanca, quién
sabe por qué, quizás de puro borrachos,
exigieron que los billetes, las prendas de oro y de
plata y algunas de vestir, comenzaran a repartirse.
Terminada la repartija el gentío se dispersó.
Los perdedores, el negro del bongó entre ellos,
protestando y maldiciendo a la negra de mierda.
La blanca detiene los golpes cuando escucha la sirena
de la patrulla que se acerca con rapidez. No alcanza
a huir y tampoco está en condiciones de hacerlo.
Pero está sola. La negra ya no cuenta. Les dirá
que la otra, celosa, atacó primero, y le creerán.
Basta con mirar el cuerpo tirado en la calle para saber
qué clase de basura era.
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